Pasajeros (españoles) del Titanic #3: Víctor Peñasco, Josefa Pérez de Soto y Fermina Oliva

Hoy os traigo la siguiente entrega de esta serie de posts dedicados a pasajeros del Titanic. Si os habéis perdido las primeras entregas os dejo los links aquí y aquí para que podáis verlas.

Hoy le toca el turno a una pareja de españoles: Víctor Peñasco y Castellana y María Josefa Pérez de Soto.

Víctor era un rico heredero de 24 años de una de las grandes fortunas de España en aquel tiempo, nieto de José Canalejas, primer ministro de Alfonso XVIII. Por otro lado, Josefa Pérez de Soto, de 22 años también pertenecía a una familia muy adinerada de Madrid. Ambos se casaron un 8 de diciembre de 1910. Fue una gran boda, pero lo mejor vino después, ya que iniciaron la luna de miel, que se prolongaría durante varios meses, como era costumbre entre las familias muy pudientes. Pasaron por Viena, París, Montecarlo, el Orient Express…Y de vez en cuando pasaban por su futura casa en Madrid, que se encontraba en construcción. La madre de Víctor les ofreció su casa previamente para vivir allí pero ellos, unos jóvenes con muchas ganas de vivir, prefirieron tener su propio hogar. No necesitaban reparar en gastos, hacían todo lo que les apetecía pero antes de partir, la madre de Víctor, Purificación, que tenia un mal presentimiento, pidió a la pareja un único favor: que no se embarcaran en ningún viaje por mar.

La pareja aceptó sin pensar. Solo deseaban iniciar su viaje y disfrutar. Conocieron muchos lugares que jamás habían visto y durante un tiempo cumplieron con la petición de Purificación. Sin embargo, un día la pareja disfrutaba de una comida en el Maxim’s de París cuando por casualidad cayó en sus manos un panfleto del viaje inaugural del RSM Titanic.

Como es natural, la pareja se sintió muy atraída por ese viaje, y puesto que no tenían limitación económica la idea de ir a Nueva York en aquel gran buque les sedujo al instante…el precio del camarote no les impresionó, ya que desde el momento en que iniciaron su luna de miel, llevaban gastado, el equivalente actual a 1.310.000 euros) y los billetes costaban unas 109 libras, unos 13.244 euros actuales (el sueldo de todo un año de un trabajador de los astilleros de Harald & Wolf, donde se construyó el buque) solo había un problema, la promesa que le habían hecho a Purificación antes de partir. Después de discutirlo detenidamente, la pareja trazó un plan. Fermina, la doncella, les acompañaría en el viaje, pero el mayordomo, Eulogio, se quedaría en París con la misión de enviar periódicamente una postal desde diferentes destinos a Purificación para mantenerla tranquila.

Así pues, la feliz pareja se unió al viaje en Cherburgo, donde llegaron en tren y allí embarcaron a través de un transbordador.

Fermina Oliva, la doncella, no estaba tan acostumbrada al lujo y a ver cosas tan majestuosas, así que con total seguridad, ver el gran transatlántico ante ella debió de causarle una grandiosa impresión.

La joven pareja se alojó en un espectacular camarote de primera clase, y reservó otro para Fermina, también en primera y en el mismo pasillo. Ellos fueron los únicos españoles que se alojaron en primera clase. Fermina recordaría más tarde, la última cena que disfrutó en el Titanic, describiendo el gran lujo, los hombres de rigurosa etiqueta, las mujeres con grandes vestidos y todas las joyas que podían cargar sobre sus cuerpos, así como la gran orquesta interpretando grandes piezas…según contó, fueron los últimos en abandonar el gran salón y conversaron con una pareja de argentinos durante horas, con los que congeniaron muy bien. Poco después se produciría el fatídico choque. En aquel momento, Josefa ya se encontraba en la cama y Victor se estaba desvistiendo cuando notaron un golpe. A Víctor no le gustó, le dio tan mala espina que decidió subir a cubierta para averiguar lo ocurrido. Volvió al camarote y le dijo a Josefa y a Fermina que se cubrieran y subieran a cubierta donde poco después los pasajeros empezarían a subir a los botes.

Los tres pudieron acceder a un bote, pero Víctor, todo un galán, cedió su lugar en el bote a una mujer y a su hijo. Se despidió de Josefa dedicándole unas tristes palabras: “Que seas muy feliz” y permaneció en el buque. Fermina estaba extremadamente alterada y asustada y no dejaba de gritar, además, ni siquiera hablaba inglés, algo que la haría sentir aún más insegura. Josefa no dejaba de llamar a su marido, al que ya nunca más volvería a ver.

Las dos mujeres coincidieron con la conocida Condesa de Rothes en el mismo bote salvavidas, quién las estubo consolando hasta que fueran recogidos por el buque Carpathia al amanecer. Los gritos que procedían del barco, de la gente que saltaba al agua eran desgarradores, difíciles de olvidar. La temperatura del agua era de 4 grados, por lo que los cuerpos tardaban unos interminables 15 minutos en morir.

Justo en el momento del choque con el iceberg, en Madrid, Purificación estaba tomándose una sopa cuando un moscardón cayó en su plato. En ese mismo instante, la mujer tuvo una enorme sensación de que algo malo había sucedido.

Pronto  llegó la horrible noticia, su hijo había muerto en el hundimiento y su cuerpo no había sido hallado. Esto planteó un problema a Josefa, ya que sin el cuerpo de su esposo fallecido ni el certificado de defunción, no podría rehacer su vida hasta pasados mínimo 20 años. Es por ello que Purificación, que fue muy amable con su nuera, planteó la posibilidad de comprar un cadáver en Halifax y así obtener un certificado de defunción. Y así lo hicieron.

Josefa pudo rehacer su vida y se casó en segundas nupcias en 1918 con Juan Barriobero y Armas Ortuño y Fernández de Arteaga. Con el que tuvo tres hijos. Falleció en 1972 a la edad de 83 años. Fermina murió en 1968, ella nunca se casó.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *