Entre las historias más fascinantes del Titanic se encuentra la de Víctor Peñasco, Josefa Pérez de Soto y Fermina Oliva, tres españoles que embarcaron en el viaje inaugural del famoso transatlántico en abril de 1912. Entre las muchas historias que dejó el Titanic, pocas resultan tan fascinantes como la de Víctor Peñasco y Josefa Pérez de Soto, una joven pareja española que viajó acompañada por Fermina Oliva.
A diferencia de otros pasajeros, su historia combina lujo, juventud, amor y una serie de sorprendentes coincidencias que parecen sacadas de una novela. Lo que comenzó como una larga luna de miel por Europa terminaría convirtiéndose en una de las tragedias más recordadas entre los pasajeros españoles del Titanic.
Una luna de miel por la Europa de la Belle Époque
Víctor Peñasco y Castellana tenía tan solo 24 años y pertenecía a una de las grandes fortunas de la España de comienzos del siglo XX. Era nieto de José Canalejas, una de las figuras políticas más importantes de la época.
Su esposa, María Josefa Pérez de Soto, de 22 años, también procedía de una familia acomodada de Madrid. Ambos contrajeron matrimonio el 8 de diciembre de 1910 en una boda que reunió a lo más destacado de la sociedad madrileña.
Tras la ceremonia iniciaron una larga luna de miel, una costumbre habitual entre las familias más adineradas del momento. Durante meses recorrieron algunas de las ciudades más elegantes de Europa, visitando Viena, París, Montecarlo y viajando en el legendario Orient Express.
Mientras disfrutaban de aquella aventura, también seguían de cerca las obras de la que sería su futura residencia en Madrid. La madre de Víctor, Purificación Castellana, les había ofrecido alojarse en su casa, pero los recién casados prefirieron comenzar su nueva vida en un hogar propio.
Antes de partir, sin embargo, Purificación les hizo una petición muy concreta: que evitaran viajar por mar. La mujer tenía un extraño presentimiento que no conseguía apartar de su mente.
El descubrimiento del Titanic
Durante una comida en el famoso restaurante Maxim’s de París, la pareja encontró por casualidad un folleto publicitario del viaje inaugural del RMS Titanic.
El nuevo transatlántico era presentado como el barco más grande, moderno y lujoso jamás construido. Para dos jóvenes acostumbrados a viajar y descubrir el mundo, la propuesta resultó irresistible.
Además, el precio no suponía ningún problema. Desde el inicio de su luna de miel habían gastado una auténtica fortuna, por lo que el coste de los billetes apenas llamó su atención.
Solo existía un inconveniente: la promesa hecha a Purificación.
Tras reflexionar sobre ello, decidieron embarcar igualmente y elaboraron un pequeño plan para que la madre de Víctor no sospechara nada.
Fermina Oliva, la tercera pasajera española
La pareja viajaba acompañada por Fermina Oliva, su doncella.
Mientras que Víctor y Josefa estaban acostumbrados al lujo y a los grandes viajes, Fermina procedía de un entorno mucho más humilde. Resulta fácil imaginar la impresión que debió causarle contemplar por primera vez la inmensa silueta del Titanic atracado en Cherburgo.
Para mantener la tranquilidad de Purificación, el mayordomo de la familia, Eulogio, permaneció en París con la misión de enviar periódicamente postales desde distintos lugares de Europa, simulando que los recién casados continuaban viajando por tierra.
Así, el 10 de abril de 1912, Víctor, Josefa y Fermina embarcaron en el Titanic.
A bordo del Titanic
Víctor y Josefa se alojaron en un lujoso camarote de primera clase. Fermina también dispuso de un camarote propio en la misma cubierta.
Fueron los únicos pasajeros españoles alojados en primera clase.
Años más tarde, Fermina recordaría con detalle el extraordinario ambiente que reinaba en el barco. Hombres vestidos de rigurosa etiqueta, mujeres cubiertas de joyas y elegantes vestidos, magníficas cenas y una orquesta que amenizaba las veladas con las piezas más populares del momento.
La última noche, la pareja permaneció durante horas conversando con unos pasajeros argentinos con los que habían hecho amistad durante el viaje.
Nadie imaginaba que aquellas serían sus últimas horas a bordo.
La noche del hundimiento
La noche del 14 de abril de 1912, Josefa ya se encontraba acostada mientras Víctor se preparaba para dormir cuando ambos sintieron una extraña sacudida. Algo no le gustó a Víctor.
Decidió subir a cubierta para averiguar qué había ocurrido y regresó poco después con instrucciones muy claras: Josefa y Fermina debían abrigarse y subir inmediatamente.
A medida que la gravedad de la situación se hizo evidente, los pasajeros comenzaron a ocupar los botes salvavidas. Los tres consiguieron llegar a uno de ellos, pero en un último gesto de generosidad, Víctor cedió su lugar a una mujer y a su hijo.
Antes de separarse de Josefa le dedicó unas palabras que quedarían grabadas para siempre: «Que seas muy feliz.» Fue la última vez que se vieron.
Josefa no dejó de llamar a su marido mientras el bote se alejaba lentamente del Titanic. Fermina, aterrorizada, apenas podía contener los nervios. Además, no hablaba inglés, lo que aumentaba todavía más su sensación de angustia.
La Condesa de Rothes y una noche imposible de olvidar
Josefa y Fermina compartieron bote salvavidas con la célebre Condesa de Rothes.
La aristócrata británica trató de consolar a las mujeres durante aquellas horas interminables mientras contemplaban cómo el Titanic desaparecía lentamente bajo las aguas del Atlántico.
Los gritos procedentes del mar fueron, según numerosos supervivientes, uno de los recuerdos más difíciles de olvidar. Los testimonios hablan de escenas desgarradoras que permanecieron en la memoria de los supervivientes durante el resto de sus vidas.
Al amanecer, los supervivientes fueron finalmente rescatados por el Carpathia.
El inquietante presentimiento de Purificación
Mientras el Titanic navegaba por las frías aguas del Atlántico Norte, Purificación Castellana permanecía en Madrid sin sospechar que aquella noche cambiaría su vida para siempre.
La historia cuenta que, en el preciso momento en que el Titanic chocó contra el iceberg, Purificación estaba cenando tranquilamente cuando una mosca cayó de repente en su plato de sopa.
Puede parecer una simple coincidencia, pero la mujer quedó profundamente impresionada por aquel incidente. De inmediato sintió una extraña inquietud y la sensación de que algo terrible acababa de suceder.
Aquella sensación no la abandonó en ningún momento.
Días después llegaría la noticia que confirmaría sus peores temores: su hijo Víctor había desaparecido en el hundimiento del Titanic y su cuerpo nunca fue recuperado.
Nunca sabremos si aquella mosca fue simplemente una casualidad o si el corazón de una madre percibió, de algún modo inexplicable, que algo había ocurrido al otro lado del océano. Lo cierto es que esta anécdota ha pasado a formar parte de las historias más curiosas y conmovedoras relacionadas con los pasajeros españoles del Titanic.
La vida después del Titanic
La noticia de la muerte de Víctor supuso un golpe devastador para su familia y para Josefa. Sin embargo, surgió un problema inesperado: al no haberse recuperado el cuerpo, no existía un certificado oficial de defunción. Sin dicho documento, Josefa tendría enormes dificultades legales para rehacer su vida y volver a casarse.
Fue entonces cuando Purificación decidió ayudar a su nuera. Según cuentan diversas fuentes, la familia consiguió un cadáver en Halifax para poder obtener la documentación necesaria y resolver la situación. Gracias a ello, Josefa pudo reconstruir su vida.
En 1918 contrajo matrimonio con Juan Barriobero y Armas Ortuño y Fernández de Arteaga, con quien tuvo tres hijos. Falleció en 1972 a la edad de 83 años.
Fermina Oliva, por su parte, sobrevivió al desastre y continuó con su vida lejos de los focos. Nunca llegó a casarse y falleció en 1968.
El legado de una historia española del Titanic
Más de un siglo después, la historia de Víctor Peñasco, Josefa Pérez de Soto y Fermina Oliva continúa siendo una de las más emocionantes entre los pasajeros españoles del Titanic.
Su relato nos recuerda que detrás de las cifras y los grandes acontecimientos históricos existieron personas reales, con sueños, proyectos y vidas que cambiaron para siempre aquella noche de abril de 1912.
Porque, más allá de la tragedia del Titanic, son estas historias humanas las que siguen manteniendo viva su memoria.
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