La historia de una familia, un arquitecto y un sueño mediterráneo que comenzó hace más de un siglo.
Hay lugares que parecen haber nacido con una elegancia propia. No necesitan grandes edificios ni una arquitectura espectacular para llamar la atención, porque basta con caminar por sus calles, seguir el trazado de un antiguo camino junto al mar o contemplar cómo las casas se esconden entre los pinos para comprender que existe una historia detrás. S’Agaró es uno de esos lugares.
Hoy, su nombre está inevitablemente unido a algunas de las imágenes más elegantes de la Costa Brava: la bahía de Sant Pol, la playa de Sa Conca, las villas blancas rodeadas de jardines, el Camí de Ronda y, por supuesto, el histórico Hostal de La Gavina. Sin embargo, hace poco más de cien años, aquel paisaje era muy diferente. Entre la Punta d’en Pau y Punta Prima se extendía un territorio prácticamente sin urbanizar, y fue precisamente allí donde un empresario gerundense tuvo una visión que terminaría transformando para siempre este rincón del Mediterráneo.
Su nombre era Josep Ensesa.
Antes de S’Agaró: un paisaje por descubrir
Para comprender la historia de La Gavina hay que retroceder unos años y olvidarse por un momento del hotel, porque La Gavina no fue el principio de esta historia, sino una de sus consecuencias.
En 1916, Josep Ensesa Pujadas, un empresario nacido en Sarrià de Ter, adquirió por 11.700 pesetas unos primeros terrenos cerca de la cala Pedrosa, en Castell d’Aro, y poco después incorporó otras dos fincas. Su intención inicial era relativamente sencilla: quería construir allí un chalet donde pasar los veranos junto al Mediterráneo.
Ensesa ya era entonces un empresario de considerable importancia. Había comenzado como aprendiz en una fábrica de pastas de sopa de Girona y en 1898 se convirtió en uno de los fundadores de la harinera La Montserrat, de la que acabaría siendo único propietario en 1917. El éxito de sus negocios le permitió realizar importantes inversiones industriales e inmobiliarias, pero aquellos terrenos de la costa tenían algo que no podía medirse únicamente en términos económicos: un paisaje extraordinario.
Fue precisamente ese paisaje el que despertó la imaginación de otro protagonista fundamental de esta historia.
Rafael Masó y una idea mucho más ambiciosa
Rafael Masó i Valentí ya trabajaba para la familia Ensesa desde comienzos del siglo XX y se había convertido en uno de los principales arquitectos del Noucentisme catalán. Su arquitectura buscaba combinar tradición, cultura, modernidad y paisaje, y cuando conoció los terrenos adquiridos por los Ensesa junto al mar comprendió que allí podía hacerse algo mucho más ambicioso que construir una residencia privad
Masó propuso que aquel primer chalet pudiera convertirse en el punto de partida de una pequeña ciudad jardín. La idea estaba relacionada con el movimiento europeo de las garden cities, que el arquitecto había conocido durante su viaje de bodas por Alemania en 1912 y que defendía una relación más armoniosa entre urbanismo, arquitectura, naturaleza y vida comunitaria.
Josep Ensesa Pujadas no terminó de convencerse en aquel primer momento, por lo que el proyecto quedó en suspenso. Sin embargo, la idea no desapareció y unos años después encontraría las circunstancias necesarias para volver a tomar fuerza.
Los Banys de Sant Pol cambian el futuro de S’Agaró
En 1920, Josep Ensesa Pujadas y el empresario guixolense Vicenç Gandol adquirieron las casetas de baño que se habían instalado el verano anterior en la playa de Sant Pol. Aquella iniciativa tuvo un éxito considerable y contribuyó a transformar la zona en un lugar de veraneo cada vez más frecuentado.
La playa comenzó a atraer visitantes, se organizaron fiestas, actividades y servicios para los bañistas y se facilitó la llegada de veraneantes desde Sant Feliu de Guíxols. Los Banys de Sant Pol demostraron que aquella parte de la costa tenía un enorme potencial turístico.

Fue entonces cuando Josep Ensesa Gubert, hijo de Josep Ensesa Pujadas, recuperó la antigua propuesta de Rafael Masó. En 1923 pidió al arquitecto que retomara el proyecto y, esta vez, la idea ya no consistía en construir simplemente una casa de verano. Se trataba de crear una auténtica ciudad jardín mediterránea.
Los primeros proyectos de Masó contemplaban dieciocho chalets, aunque el proyecto definitivo llegó a prever cuarenta, además de un hotel, espacios de recreo y una capilla. La escala de la iniciativa dejaba claro que los Ensesa ya no estaban pensando únicamente en su propia residencia, sino en crear un nuevo destino de veraneo.
1924: el nacimiento de S’Agaró
En 1923, Rafael Masó proyectó el primer chalet de la futura urbanización. Se llamó Senya Blanca y fue situado en uno de los puntos más elevados de la finca, desde donde dominaba visualmente el conjunto.
La construcción comenzó aquel mismo año y el 24 de julio de 1924 Josep Ensesa Gubert, su esposa Josefina Monsalvatje y sus hijos Josep, Carme y Anna estrenaron la casa. Aquel momento se considera el nacimiento de S’Agaró y, precisamente por ello, el año 2024 estuvo marcado por la celebración de su primer centenario.
El Palau Robert dedicó entonces una exposición a la historia de la urbanización bajo el título S’Agaró 1924-2024. Arquitectura y cultura en la Costa Brava, una muestra que permitió recuperar documentos, fotografías y testimonios relacionados con los primeros años del proyecto y con la evolución posterior de este singular enclave de la Costa Brava.

Senya Blanca se convirtió en mucho más que la primera vivienda. Fue el modelo arquitectónico a partir del cual se desarrollaría S’Agaró. Masó utilizó pórticos, terrazas, piedra, cerámica, elementos de forja y referencias a la arquitectura tradicional catalana, incorporando incluso elementos antiguos procedentes de masías del Empordà. La intención era que las nuevas construcciones se integraran en el paisaje y no parecieran edificios independientes colocados sobre él.

Una urbanización concebida como un conjunto
Uno de los aspectos más interesantes del proyecto de Ensesa y Masó es que S’Agaró nunca fue concebido como una simple urbanización residencial. La arquitectura de las casas, los jardines, las plazas, las escaleras, las pérgolas, los miradores y los caminos debían formar parte de una misma composición.
Incluso las condiciones que regulaban la construcción de las viviendas buscaban conservar una cierta armonía estética. No se trataba de permitir que cada propietario levantara una casa completamente diferente, sino de conseguir que el conjunto mantuviera una identidad reconocible.
Josep Ensesa comprendió que el verdadero valor de S’Agaró no estaría únicamente en sus parcelas, sino en la experiencia de recorrerlo. Entre 1916 y 1936 fue ampliando progresivamente sus propiedades hasta alcanzar aproximadamente 370.000 metros cuadrados, mientras la urbanización iba adquiriendo las características que todavía hoy reconocemos.
S’Agaró aprende a mirar hacia el mundo
Ensesa tampoco se limitó a construir. Comprendió muy pronto que, para convertir S’Agaró en un destino de prestigio, había que crear una imagen y darla a conocer
Durante los años veinte y treinta se utilizaron fotografías, ilustraciones, publicaciones y publicidad para presentar S’Agaró como un lugar moderno, elegante y cosmopolita. Fotógrafos como Valentí Fargnoli, Gabriel Casas y Adolfo Zerkowitz contribuyeron a construir su imagen visual, mientras que el ilustrador Enric Moneny tuvo un papel destacado en la identidad gráfica de la urbanización y del futuro hotel.
En 1935 comenzó a publicarse la Revista de S’Agaró, con contenidos en catalán, castellano, inglés y francés. El hecho de que una urbanización relativamente pequeña dispusiera de una publicación de estas características demuestra hasta qué punto Ensesa estaba pensando en un público que iba mucho más allá del entorno local.
S’Agaró quería convertirse en un destino internacional y, con el tiempo, lo conseguiría.
El hotel que casi fue un gran palacio
Hoy resulta difícil imaginar S’Agaró sin La Gavina, pero el hotel que conocemos no fue exactamente el proyecto que se planteó en un primer momento.
En los primeros años se estudió la construcción de un gran hotel de lujo y Rafael Masó llegó a viajar a Francia para conocer establecimientos hoteleros de referencia en lugares como Cannes y Montecarlo. Sin embargo, aquel gran proyecto nunca llegó a materializarse.
En su lugar, Ensesa y Masó decidieron transformar dos chalets existentes en un establecimiento mucho más íntimo. Así nació el Hostal de La Gavina.
El hotel abrió sus puertas el 2 de enero de 1932 con solamente once habitaciones y una tarifa de 25 pesetas por noche. El crecimiento fue inmediato: a finales de aquella primera temporada ya contaba con 34 habitaciones y en 1935 había alcanzado las 60.
El nombre de «hostal» tampoco era casual. La familia Ensesa quería transmitir una sensación acogedora y doméstica, inspirada en las casas tradicionales catalanas. La Gavina no debía parecer un enorme hotel impersonal, sino una gran casa mediterránea abierta a un público distinguido.
Aquella combinación entre intimidad, arquitectura, paisaje y servicio acabaría siendo una de las claves de su personalidad.
La guerra y la supervivencia de un sueño
La Guerra Civil interrumpió el desarrollo de S’Agaró y modificó temporalmente la función de algunos de sus edificios. Los Banys de Sant Pol fueron expropiados y municipalizados y, en 1938, S’Agaró fue utilizado como hospital para soldados de las Brigadas Internacionales. La familia Ensesa sufrió también las consecuencias de la guerra, con expropiaciones, bloqueo de capitales y el exilio de Josep Ensesa Gubert.
La documentación reunida con motivo del centenario permite comprender hasta qué punto aquellos acontecimientos pusieron en peligro el proyecto que se había construido durante los años anteriores. Sin embargo, una vez terminada la guerra, los Ensesa recuperaron sus propiedades y La Gavina volvió a abrir sus puertas en 1940.
Durante las décadas posteriores, la urbanización y el hotel continuaron creciendo. Francesc Folguera tuvo un papel especialmente importante en las ampliaciones realizadas después de la guerra y otras intervenciones posteriores permitieron adaptar el establecimiento a las nuevas necesidades sin renunciar a su carácter original.
Cuando Hollywood descubrió la Costa Brava
A mediados del siglo XX, la Costa Brava comenzó a convertirse en escenario de grandes producciones cinematográficas internacionales y La Gavina se encontraba en una posición privilegiada para recibir a sus protagonistas.
Ava Gardner llegó a S’Agaró durante el rodaje de Pandora y el holandés errante, mientras que Elizabeth Taylor estuvo vinculada al rodaje de De repente, el último verano. A lo largo de las décadas, por La Gavina pasarían también nombres como Peter Sellers, John Wayne, Sean Connery, Jack Nicholson, Robert De Niro, Laurence Olivier, Dirk Bogarde y otros muchos artistas internacionales.

La llegada de estas figuras transformó la imagen de S’Agaró. El lugar ya no era solamente un destino elegante de la Costa Brava, sino también un pequeño escenario internacional donde se cruzaban el cine, la cultura, la aristocracia y la alta sociedad.

Ava Gardner, Frank Sinatra y una historia que se convirtió en leyenda
Entre todas las historias relacionadas con La Gavina, ninguna ha alcanzado la fama de la que une a Ava Gardner y Frank Sinatra.
En 1950, mientras Gardner rodaba Pandora y el holandés errante en la Costa Brava, comenzó una relación con el torero y actor Mario Cabré. Frank Sinatra, que mantenía una relación con la actriz, viajó hasta S’Agaró después de conocer la noticia.
Según la documentación y los testimonios recogidos durante la investigación histórica del centenario, Sinatra llegó al hotel el 11 de mayo de 1950 con un valioso collar de esmeraldas para Ava. El encuentro se produjo en el bar y terminó en una fuerte discusión que, según el testimonio del antiguo maître Diego Herranz, llegó a los golpes.
Con el paso de las décadas, la historia se ha convertido en una de las grandes leyendas de La Gavina. Como ocurre con tantas historias protagonizadas por estrellas de Hollywood, los recuerdos, los testimonios y la tradición oral han terminado mezclándose, pero el escenario continúa existiendo.
El actual Bar El Barco conserva elementos históricos del establecimiento, y el hotel continúa vinculando este espacio con aquella famosa historia de Ava Gardner y Frank Sinatra.
Poco después, Sinatra y Gardner se casarían. Su matrimonio duraría seis años y la actriz volvería posteriormente a S’Agaró.
Cuando lo clásico se confunde con lo antiguo
Quizá una de las cuestiones más interesantes de La Gavina sea precisamente la manera en que ha conseguido llegar hasta nuestros días sin renunciar a su identidad
Hay quien puede entrar actualmente en el hotel y considerarlo antiguo. Y, en cierto sentido, lo es: estamos hablando de un establecimiento cuya historia comenzó en 1932.
Pero antiguo y clásico no significan lo mismo.
La Gavina pertenece a una forma de entender el lujo que hoy resulta cada vez más difícil de encontrar. No necesita una estética completamente renovada cada temporada, ni pretende competir con los hoteles contemporáneos que basan su atractivo en el diseño más llamativo del momento.
Su lujo está en la arquitectura, en los jardines, en los materiales, en la privacidad, en el servicio y en la historia. Está también en la sensación de entrar en un lugar que ya tenía personalidad mucho antes de que nosotros llegáramos.
Actualmente, La Gavina cuenta con 76 habitaciones y suites, piscina exterior de agua de mar, spa y diferentes espacios gastronómicos, y mantiene la categoría de cinco estrellas Gran Lujo. El hotel continúa reivindicando la conservación del estilo y del legado con los que abrió sus puertas hace casi un siglo.

¿Quién se aloja hoy en La Gavina?
No existen estadísticas públicas suficientemente detalladas que permitan definir con precisión el perfil demográfico del huésped actual, por lo que sería poco riguroso afirmar que su clientela pertenece exactamente a una determinada categoría de viajeros.

Sin embargo, su posicionamiento, su historia y el tipo de experiencia que ofrece permiten establecer una comparación bastante interesante. Si tuviera que explicar qué clase de lujo representa La Gavina, lo acercaría mucho más al de Palm Beach, Newport o algunos de los grandes hoteles históricos de la Riviera Francesa que al lujo más llamativo asociado actualmente a determinados destinos de Miami.
No porque sus huéspedes sean necesariamente los mismos, sino porque comparten una determinada filosofía. Es un lujo basado en la tradición, la discreción, la privacidad, el servicio y la belleza de un lugar con historia.
Es el tipo de hotel que puede atraer a una persona que prefiere una arquitectura que ha sobrevivido durante décadas, un jardín tranquilo, una mesa bien puesta y un servicio discreto antes que un espacio diseñado para convertirse en tendencia durante una temporada.
Y creo que ahí reside precisamente parte de su encanto.
La Gavina no necesita parecer moderna para seguir siendo lujosa.
El Palm Beach mediterráneo
Por eso me gusta pensar en S’Agaró como una especie de Palm Beach mediterráneo.
No porque ambos lugares sean iguales, sino porque comparten una misma idea detrás de su desarrollo. En lugares como Palm Beach o Newport, la exclusividad se construyó alrededor de una determinada forma de vida, de una arquitectura reconocible, de unos jardines cuidados y de una comunidad que valoraba la tradición tanto como el paisaje.
Josep Ensesa hizo algo parecido en S’Agaró, pero adaptándolo completamente al Mediterráneo y a la cultura arquitectónica catalana.
El resultado no es una copia de ningún otro lugar. Es precisamente lo contrario: una versión propia de ese concepto de elegancia, construida alrededor del mar, los pinos, la arquitectura noucentista y el paisaje de la Costa Brava.
El Camí de Ronda, donde mejor se entiende S’Agaró
Si La Gavina es probablemente el edificio más famoso de S’Agaró, el Camí de Ronda es el lugar donde mejor se comprende la filosofía que inspiró todo el proyecto.
Especialmente el tramo que une la playa de Sant Pol con Sa Conca.

Caminar por allí permite entender por qué Ensesa y Masó no querían simplemente construir casas. El camino atraviesa jardines, pequeñas plazas, escaleras, miradores y glorietas mientras el paisaje mediterráneo aparece constantemente entre la arquitectura.
El proyecto del Camí de Ronda fue evolucionando junto con la urbanización y, después de la Guerra Civil, Josep Ensesa impulsó su recuperación y transformación. Francesc Folguera desarrolló buena parte del recorrido posterior, adaptándolo a los desniveles de la costa y utilizando abundante piedra para integrarlo en el paisaje.
Es uno de esos lugares en los que la historia y el paisaje resultan inseparables.
Y existe un punto especialmente simbólico dentro de este recorrido: la Glorieta del Mirador, donde en 2024 se instaló una estatua de bronce dedicada a Josep Ensesa Gubert con motivo del centenario de S’Agaró. El monumento representa hoy un homenaje permanente al hombre que imaginó la urbanización y contribuyó decisivamente a convertirla en lo que es.
S’Agaró, uno de mis lugares favoritos
Hay una parte de esta historia que para mí resulta inevitable contar desde una perspectiva personal.
S’Agaró es uno de mis lugares favoritos, y vivir en esa zona hace que todo lo que he contado se perciba de una manera diferente. Una cosa es leer sobre el Camí de Ronda y otra recorrerlo; una cosa es contemplar fotografías de la bahía de Sant Pol y otra verla cambiar de color al atardecer.
También cambia la forma de mirar La Gavina. Saber que por sus habitaciones pasaron Ava Gardner, Elizabeth Taylor, John Wayne o tantas otras figuras internacionales resulta fascinante, pero todavía lo es más caminar hoy por delante del hotel y pensar que aquellas mismas terrazas y salones fueron escenario de algunas de las historias más conocidas de la Costa Brava del siglo XX.
Quizá sea precisamente vivir aquí lo que me ha hecho comprender mejor que la belleza de S’Agaró no depende de estar de moda. Su encanto está en otra parte, en esa identidad que comenzó a construirse hace cien años y que todavía puede reconocerse en la arquitectura, en el paisaje y en la manera en que se vive el lugar.
Un siglo después
En 2024, S’Agaró celebró su centenario y el Palau Robert dedicó una exposición a sus primeros cien años. La muestra repasó los orígenes de la urbanización, la familia Ensesa, la figura de Rafael Masó, el desarrollo turístico, la arquitectura, la cultura, el cine y los personajes que contribuyeron a convertir este pequeño rincón de la Costa Brava en un destino internacional
La celebración también dio lugar a una publicación especialmente interesante: S’Agaró 1924-2024. Arquitectura, cultura, turismo y glamur en la Costa Brava, de Jordi Falgàs y Sebastià Roig. El volumen, de 352 páginas, reúne fotografías históricas y actuales y documentación procedente, entre otros fondos, de los archivos del Hostal de La Gavina y de la familia Ensesa.

Y quizá no exista mejor momento para mirar hacia atrás.
Porque cien años después resulta fácil pensar que S’Agaró siempre fue así. Que sus villas siempre estuvieron allí, que La Gavina siempre fue un hotel y que el Camí de Ronda siempre fue ese hermoso paseo frente al Mediterráneo.
Pero no fue así.
Hubo unos terrenos prácticamente sin urbanizar, una familia que decidió invertir en ellos, un arquitecto capaz de ver posibilidades donde otros solo veían paisaje y un hombre que decidió convertir aquella visión en un proyecto que terminaría sobreviviendo a guerras, cambios sociales y generaciones enteras.
El legado de Josep Ensesa
Cuando pienso en Josep Ensesa, creo que su mayor obra no fue
Podría haberse limitado a construir aquel primer chalet que había imaginado su padre. También podría haber dividido las tierras y haber vendido las parcelas sin preocuparse demasiado por lo que ocurriese después. En cambio, junto a Rafael Masó, decidió crear un conjunto en el que arquitectura, paisaje, cultura y turismo pudieran convivir.

Y consiguió algo todavía más difícil: que aquella visión sobreviviera al tiempo.
Hoy podemos caminar por el mismo paisaje que él contempló, recorrer el Camí de Ronda, llegar hasta Sa Conca, contemplar la bahía de Sant Pol y detenernos frente a la estatua que ahora lo recuerda. Podemos mirar alrededor y reconocer todavía la idea que comenzó a tomar forma en 1924.
Quizá esa sea la verdadera definición del lujo: no tener siempre lo último, sino conservar algo que el tiempo no ha conseguido reemplazar.
Y S’Agaró, un siglo después, sigue siendo uno de esos lugares donde el Mediterráneo, la arquitectura y la elegancia parecen haber encontrado una manera de permanecer juntos
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